sábado, 19 de septiembre de 2015

Revolver - Capitulo 7 "Los piojosos"




–Olvidamos agregar una regla sobre las sustancias…
Chloe asintió, mirando junto con Zettie al extraño humo que salía de debajo de la puerta del cuarto de John.
–¡Abran! –exclamó llamando a la puerta.
Golpeó tres veces más, hasta que de muy mala gana, John abrió.
–Disculpen las altezas.
–Qué altezas ni mierdas. Escuchen una cosa, por mí hagan lo que quieran mientras no nos metan en problemas.
–¿Y quién te está metiendo en problemas, ricura?
–Basta con lo de ricura, John Winston Lennon.
–¿Cómo sabés mi apestoso segundo nombre?
–Porque sé muchas cosas, de todos ustedes.–miró a los otros tres, que se amontonaban detrás de John– Que naciste el 9 de octubre del ’40, tu tía te odia, y que te expulsaron de todas partes porque sos un maldito desastre, como ahora. Y yo también tengo ganas de echarte.
–Mentís.
–Claro que no miento.
–De todos modos erraste en algo, mi tía no me odia, yo la odio a ella.
–Me da igual, ¡basta de cambiarme de conversación!
John soltó una risita, se volvió para mirar a los otros tres, que también se rieron.
–Ay, me cansan. –se quejó Zettie–Si iba a saber que los famosos Beatles eran tan infantiles, me hacía maestra de primaria. Los niños se comportan mejor. Y ya lo dijo Chloe, no nos importa si se fuman hasta el estiércol del caballo de Paul, siempre y cuando no nos metan en problemas. Ustedes parecen amar al inspector ese, Connor, pero son tan inútiles que no se dan cuenta que si él viene y los ve drogados, nos lleva presos, a todos.
–A vos no. –acotó Ringo–Sos princesa.
–Bastarda. La policía está toda loca por apresar drogados y ustedes mismos se ponen, y nos ponen, la soga al cuello. Así que basta.
–Además odiamos a la policía, me da escalofríos de sólo nombrarla. –Chloe se restregó los brazos–Bueno, basta de humo que esto no es el Vaticano. Afuera, hagan algo productivo.
–Parecés mi madre. –se quejó George.
–Pobre tu madre.






Zettie se rascaba la cabeza y negaba. Tachaba algo en un papel, volvía a escribir, y volvía a rascarse.
–¿No? –preguntó Chloe, mirándola con angustia.
–No.
–No, no puede ser.
Ambas se rascaron, tomaron uno o dos papeles, los compararon, y negaron en silencio.
–No. –resopló Zettie.
Chloe se tomó la cabeza, aquello estaba trayéndole demasiados problemas y estaba comenzando a odiar al plan que se habían armado. El dinero robado se iba como agua, los Beatles no aportaban porque no podían, y la policía les decía que no tenía presupuesto.
–Robémosles otra vez. –sugirió Zettie.
–No, sería muy arriesgado ir por ellos otra vez, aparte ahora, viviendo con nosotras…me da cosa, pobrecitos.
–Nos queda el palacio, yo no me olvido de ese plan.
–No, tampoco…y menos con cuatro pares de ojos mirando absolutamente todo lo que hacemos. Si ven algo raro no dudarán en avisar, son un montón de paranoicos. Ayer Paul gritaba como loco diciendo que lo querían matar porque vio a una serpiente, ¿y sabés qué era? Un palito. ¡Un palito! Encima de loco, miope. Ve menos que John me parece.
–¿Y entonces qué hacemos? Queda muy poco y comen mucho.
Chloe fue hasta un mueble, del fondo del último cajón sacó una carpeta de tapas rojas, la abrió y entre un montón de planos y hojas sueltas con indicaciones, sacó una lista. Algunos nombres estaban tachados, otros, para su alegría, todavía no.
–No podemos robar el Maxim’s. Será el restaurant más lujoso, pero es aburrido robar esos lugares, es solo camuflarse y robar el dinero de la caja.
–Y ni siquiera sabemos ni en qué calle queda. Y el dinero que nos queda no nos alcanza para ir a París. Veamos…¿agencia recaudadora de impuestos?
–Pusieron muchos guardias después de que el estúpido de Dimitri quisiera meterse por la claraboya del baño. El idiota quedó trabado ahí.
–Siempre me pareció el ruso más inútil. Bien, hagamos algo como para salir del paso, un camión de caudales y listo.









–Se los dije.
Quizás por primera vez, todos le daban la razón a Ringo. Como él había predicho, la estadía en esa casa sería aburrida. No podían hacer lo que querían y si bien se habían quejado por eso a Brian, no obtuvieron nada porque él parecía disfrutar de que al fin los cuatro estuvieran en raya. De hecho, hasta estaba sorprendido: las jóvenes princesas no estaban resultando catastróficas sino que sabían demostrar mano dura.
–Quiero irme. –dijo John–Prefiero que me agarren los terroristas. ¡Ni siquiera tienen un billar! Un monasterio medieval sería mas entretenido que esto. Y ahora, ni un porro te dejan fumar. Oigan, ¿a ustedes también les pica la cabeza?
–A veces. –dijo George, bostezando–Iré a caminar por ahí, estoy harto de ver sus caras.
Ni lo miraron ni le dijeron nada. Caminó por el parque, arrancó unas flores de Zettie y se las dio al caballo de Paul, y pateó piedritas. Pronto llegó a los garajes de la casa, que tenían tres grandes portones grises, cerrados. Miró a todos lados y empujó uno, que para su suerte estaba abierto. Dentro vio varios coches, una bicicleta, una escalera rota y cosas para acampar. La idea de sacar las cosas para acampar le gustó hasta que, perdida entre todas las cosas, la vio: una Ferrari roja, a medio tapar con una lona, brillaba. Saltó sobre los otros coches hasta que llegó a ella, le quitó la lona y se metió dentro. Tenía la llave puesta y la encendió, pero para su decepción, no pasó nada.









Al igual que George, Zettie también investigaba. Al fin todos estaban lo suficientemente lejos como para oír cómo se escabullía dentro de la habitación de Ringo, y allí estaba, revisando todo como una psicópata. Quería llevarse algo pero no sabía bien qué, todo lo que estaba allí era tocado por él y eso la emocionaba. Abrió el armario y aspiró el aroma que salía de allí. Comenzó a abrir los cajones y una sonrisita de le escapó cuando abrió el de la ropa interior.
–Ahora ya sé qué me llevaré. –canturreó. Metió la mano y enseguida notó algo raro. Apartó la ropa y encontró una caja roja. La abrió, dentro había un reloj de oro como jamás había visto. Lo sacó de la caja con cuidado, era pesado y con la luz brillaba aún más. Miró el anverso, tenía algo grabado.
–John Lennon. –leyó–¿Qué hace un reloj de John en el cajón de la ropa interior de Ringo? Si se lo robó, significa que…¡hasta eso tenemos en común! Pero no parece ser así, y John es muy amigo suyo y….entonces John se lo regaló. Este tipo de regalos no se le hace a un simple amigo…
Un grito desgarrador la espantó tanto que casi se le cae el reloj al suelo. En alguna parte de la casa, Chloe gritaba y por su grito, no estaba pasando nada bueno. Dejó el reloj como estaba dentro del cajón y sólo alcanzó a llevarse una media antes de salir disparada. Al fondo del pasillo vio a Jaime, el jardinero, y le llamó la atención que el jardinero anduviera donde no había plantas, o sea, entre las habitaciones. Lo pasó por alto.
–¿Sabe dónde está Chloe?
–Creo que en ese baño. –sañaló uno y Zettie entró sin siquiera golpear. La encontró frente al espejo, con un peine en la mano.
–¡¿Qué te pasa?!
–¡Me encontré un piojo!









Chloe seguía rascándose mientras Zettie le revisaba el cabello.
–Era enorme.
–No lo dudo, hay muchas liendres. ¡Y yo también tengo!
–Fueron ellos, estoy segura. A saber qué tienen en esos flequillos.
–No tenemos más opción que ponernos vinagre hasta que parezcamos dos ensaladas con patas. Mi madre me echaba eso para matarlos, y mataba a todo aquel que se me acercaba.
–¿Esa es la explicación a porqué no tenés novio?
–¡No es gracioso! Ay, revisame vos a mí, me pica mucho.
–¿Por qué tenés una media en el bolsillo?
–Es de Ringo, ya sabés, para la colección.
–Aún no le quité nada  a John, aunque no sé…Están acá, los vemos y hasta comemos con ellos, ¿por qué sacarles cosas?
–¿Para hacerles magia negra? Esas cosas no me gustan, pero si no queda más remedio…No los veo muy enamorados.
–No seamos tan malas, hay que darles tiempo. Bueno sí, hagamos magia negra.
–Chloe, encontré…
–¿Qué?
–Nada, nada, era una tontería.
Iba a decirle sobre el reloj en el cajón de Ringo, pero no quería agregarle más angustias, demasiado tenia con los piojos.
–¿Cuándo iremos por el camión?
–Mañana. Es viernes y sacan todo el dinero de los supermercados, y esta semana han vendido mucho porque la gente cobró su sueldo. Assshhh, ¡me pica!
Oyeron golpecitos en la puerta, Zettie abrió pensando que sería Dolores, pero vio a George.
–¿Les pasa algo? –preguntó.
–No, sólo hablábamos.
–¿Encerradas en el baño?
–Sí, ¿por qué? Es nuestra sala de reuniones. ¿Qué querés?
–Ehh…bueno….quería preguntarle algo a Chloe. Yo estaba…paseando, sí, paseando. Entré a uno de los garajes y vi la Ferrari.
–¿Te metiste en mi garaje y tocaste mi Ferrari?
–Sólo quería verla…Supe que es tuya porque dice ”Chloe es la mejor” por todas partes.
–Jé, son geniales esos calcos. Si querés te doy uno. ¿Y?
–Veo que la Ferrari no funciona, y yo podría arreglarla.
–¿De verdad? Hace mucho se rompió y nunca pude llevarla al mecánico…-Chloe miró a Zettie, en realidad, jamás la había llevado al taller porque era robada.
–Yo entiendo bastante, creo que el problema está en el alternador. No tengo nada que hacer y me gustaría de alguna forma, pagar lo que como. ¿Puedo arreglarla?
–George…¡sos un amor! Claro que sí, arreglala, te lo agradeceré mucho. En el mismo garaje hay herramientas, podés usar las que quieras.
George se retiró muy contento, rascándose.
–Ese chico sería lo más amoroso del mundo sino me hubiera pegado sus piojos.








La Ferrari relucía bajo el sol y George, bajo el capot, hacía y deshacía, pensado en que si le robaban otra vez, se haría mecánico.
–¿El señorito desea limonada? –preguntó Dolores, ofreciéndole un vaso lleno de refresco.
–¿Señorito? Por favor, no me llames así. –rió–Y gracias, hace mucho calor hoy.
–¿Cree que podrá arreglarla? A la señorita Read le encanta ese coche, y a mí también. Fue una pena cuando no pudo usarla más.
–Supongo que podré. ¿Te gustan los autos?
–Me gustan mucho. También me gustaba el Cadillac que compró la señorita Foster, lástima que lo chocó enseguida.
–¿Zettie tenía un Cadillac y lo chocó?
–Sí, y yo iba también, fue muy divertido. Se hizo pedazos y lo mandó a que lo compactaran. Ahora es un cubo que hay en la sala.
–¿Eso es un auto? Pensé que era una escultura rara…
–Hola George. –saludó Chloe–¿Cómo va eso?
–Mmm…creo que bien. Ayer no pude hacer mucho, pero hoy ya creo que sé qué es lo que tiene.  Es más complicado de lo que creí, pero lo solucionaré. Pff, qué olor a vinagre que hay.
–¿Si? Yo no siento nada…–miró a otro lado–Con Zettie nos vamos.
–¿Adónde?
–A…a…a la peluquería.
–Lleven a Ringo, le gusta eso.
–Esto es cosa de damas.
–Podrías hacerte un flequillo, gracias a nosotros se usa mucho, y te quedaría bien.
–Gracias por tus consejos de moda, George, pero no. En mi opinión, los flequillos juntan piojos. Y ahora me voy, pórtense bien.








Esperaron con mucha paciencia a que el camión amarillo saliera del último supermercado. Como siempre, sólo había un hombre que hacía las veces de guardia y conductor. La ingenuidad al volante.
–Este auto apesta a vinagre y yo sigo rascándome.
–Y con estas pelucas será peor. –Zettie intentaba rascarse metiendo la mano bajo su peluca rubia.
Con lentitud, el camión salió y siguió rumbo a la carretera. No lo perdieron de vista pese al tráfico, y cuando este amainó, comenzaron a actuar.
Chloe aceleró hasta ponerse junto al camión y comenzó a tocar bocina. Zettie bajó el vidrio y el conductor también.
–Oiga amigo, su neumático está roto.
–¿Qué?
–¡Su neumático, el trasero de la derecha, está roto!
De inmediato el conductor bajó la velocidad y estacionó fuera de la ruta. Ellas hicieron lo mismo, detrás de él, y bajaron. El conductor bajó de la cabina, dirigiéndose al neumático que tenía problemas.
–¡Gracias por avisar…!–No pudo seguir, Chloe le apuntaba directo al medio de los ojos.
–Subí al camión. Ya.










–¡Sacamelo, sacamelo, sacameloooo! ¡Sacameloooo!
John corría por todo el parque como un poseso, y por detrás iba Paul, tratando de alcanzarlo.
–¡Si no dejás de correr no podré sacártelo!
–¿Qué pasa? –le preguntó George a Ringo, sacando la cabeza del motor del coche.
–Se encontró un piojo. Creo que todos tenemos, no paro de rascarme. Ellas son las culpables, antes no teníamos y ahora sí. ¿Te imaginás si tienen ladillas?
Soltaron una carcajada y rieron aún más cuando Paul se abalanzó sobre John y lo derribó al suelo.
–¡Acá está! –levantó un dedo, triunfal–Podríamos venderlos, pagarían mucho.
–Dejá de pensar en dinero ¡y salí de arriba mío! Ay, tengo piojos, no le digas a Mimi o me aplicará los métodos que usó en mi infancia.
–Tendríamos que cortarnos el cabello. –dijo Ringo–No sólo el flequillo, todo. Si quieren les corto.
–Oigan, es una buena idea. Nos sacaríamos los bichos y tendríamos nuevo look.
–Pero John, no creo que pelarnos sea la solución.
–Lo decís porque pensás que quedarás feo, Macca. ¡Pero tendrás aún más cara de bebé!
–¿George, qué opinás? ¿George? ¡GEOORRRGE! –gritó Paul al ver que George miraba concentrado algo en el suelo.
–Ay, ¿qué?
–¿Estás jugando con el piojo de John?
–Es rápido, hagamos carrera de piojos.
–George, por una vez en la vida Ringo dijo algo serio e interesante y vos no lo escuchaste porque estás jugando con un piojo. MI piojo. ¿Estás de acuerdo en que nos pelemos?
–Me da igual.
–Tanto para recibir esa respuesta… En fin, ¿Paul?
–Si no queda otra…
–Yo estoy de acuerdo porque lo propuse.
–¡Perfecto! Te ayudo a buscar tijeras. Cuando volvamos de nuestro exilio, el mundo estará sorprendido.








Chloe tocó bocina y el camión se detuvo. De él bajaron el conductor  y Zettie, que lo tenía apuntado con su pistola. Chloe bajó del auto y verificó que no hubiera nadie en los alrededores. Efectivamente, estaban lejos de todo.
–Abrí. –ordenó Zettie. El conductor sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió las puertas traseras del camión. Había muchas bolsas plásticas negras, abrió un par para que vieran que tenían dinero.
–Bien, te llevarás una. –Chloe le lanzó una de las bolsas, el conductor la miró desconcertado–¿No estás cansado de llevar y traer dinero todos los días para que a fin de mes te paguen un sueldo miserable?
–Gra…gracias…
–Fuera, llevate esto y andate. Y ojo, ni una palabra. Tenemos tus documentos, sabemos muy bien dónde vivís.
El conductor asintió varias veces y salió disparado hacia cualquier parte, tropezándose pero sin soltar la bolsa. Cuando lo vieron lejos, bajaron el dinero y lo metieron dentro del auto.
–No parece mucho, pero es suficiente. –Zettie cerró el baúl del auto y se quitó la peluca. La tiró dentro del camión junto con la de Cloe y comenzó a rociarlo con combustible con un bidón.
–¿Lo vas a quemar?
–Siempre quise quemar un camión. Y además, creo que dejamos muchas huellas, el fuego mata todo, hasta los piojos que tendrán las pelucas.
Hizo un caminito de combustible y una vez subidas al auto, lanzó una cerrilla. El caminito se encendió al instante y corrió hacia el camión en menos de un segundo. Cuando se fueron, el camión era un montón de llamas y humo negro a punto de explotar.






Dolores no sabía si reírse o llorar. Nunca había sido muy fanática de la banda, pero le gustaba cómo eran, les parecían lindos. Ahora lo que veían sus ojos eran cuatro cabezas peladas.
–No nos queda muy bien, ¿no? –preguntó Paul.
–¿Tengo que ser sincera?
–Por piedad.
–Pues…no.
Resoplaron. Era un buen cambio de  estilo y tampoco tenían más piojos, pero parecían cuatro niños de orfanato.
–Es un maldito horror. Ringo parece una nariz gigante.
–¡Basta! Reconozco que me equivoqué, nos queda muy espantoso, pero el pelo crece. Y además nadie nos ve, ninguna fan se suicidará ni la prensa se reirá.
–Yo no me veo tan mal. –George se miraba una y otra vez al espejo, levantaba las cejas, lo único peludo que había quedado en su cabeza–Siempre quise verme pelado o con permanente.
–Una permanente te quedaría horrible.
–Tendré en cuenta tu consejo, Paul. Lo bueno es que ya no nos rascamos. Y ahora, seguiré con la Ferrari, mientras Ringo me cortaba se me ocurrió una idea.
Como no tenían nada más que hacer, salvo juntar el pelo para mandárselo a las fans que pedían siempre, lo siguieron. Afuera el día todavía estaba soleado y hacía brillar sus cabezas, cosa que les causaba más risa.
John salió del garaje de la Ferrari con algo en la mano.
–Juguemos con algo –dijo haciendo una sonrisita–Frisbee.
Mostró el objeto redondo y rojo y enseguida lo lanzó. Era bueno, y aunque el juego no era lo más genial del mundo, podían entretenerse.
–¿Qué dirán las princesas cuando nos vean así? –dijo Paul al lanzar el frisbee.
–Yo qué sé, tampoco me importa. –contestó John.
–¿Seguro? –Ringo le arrojó el frisbee a la cara, con Paul rieron.
–Sí, ¿por qué? ¿De qué se ríen, par de tarados?
–Para mí que te preocupa lo que digan, especialmente una.
–Paul ya está flasheando novela romántica. Por favor, no estorbes, es mi turno y te romperé tu pelada frente con el frisbee.
–¡A John le gusta Chloe! –exclamó Paul–Te conozo bien, te ponés violento cuando de verdad te gusta alguien.
–Estás loco McCartney, ¿ahora sos psicólogo o qué? Aparte, ¿por qué tiene que ser Chloe?
–No sé. –Paul se encogió de hombros–Ayer ella gritaba porque se encontró un piojo y vos hiciste el mismo escándalo. Son cosas en común.
Escucharon la risa de George desde el auto.
–John, aprovechá, vas a ser miembro de la nobleza. Lord John Lennon.
Todos se rieron menos John, que lanzó el frisbee a cualquier parte, aterrizando en una ventana. Y rompiendo el vidrio, que cortó hasta las risas. El estruendo fue terrible.
–Oh…oh…
–¡Mierda, lo que faltaba! ¡Ahora nos encerrarán en el sótano!
–¿Nos? ¡Si lo rompiste vos!
–¡Pero estábamos jugando todos, Richard Starkey!
–¿Perdón? Yo sólo arreglo este auto, si ustedes son tres niños, no es mi culpa.
–Vamos a ver, quizás no se rompió tanto. –Paul caminó, lleno de esperanza, pero encontró todo el vidrio destrozado. Suspiró y miró dentro. Era una habitación que ni sabían que existía en esa casa.
–¿Se rompió todo, no? –John se asomó.
–Sí…Y es el de una habitación. Hay cosas…
Sin dejarlo terminar, George sacó los trozos de vidrio que quedaban adheridos al marco de la ventana y se asomó mejor.
–Es…como un museo. –sin decir nada más, saltó y entró cayendo sobre todos los vidrios esparcidos. Lo siguieron los demás.
–¿Pero qué mierda…? ¡Es como un museo de nosotros!
Allí había pósters, discos, fotos, calendarios, libros, y miles de cosas más, todas con sus caras.
–No sabía que eran tan fanáticas. –dijo Ringo–Un momento, ¿desde cuándo vienen jabones con nuestra cara?
Paul miró el jabón que Ringo sostenía.
–Podrían usarlo para sacarse los piojos.
–Esto me da miedo. O sea, están completamente obsesionadas, no pueden tener tantas cosas.
–John, todas la chicas tienen de todo. Por eso sus padres nos odian.
–Ah no…esto me da miedo a mí.
Todos se giraron a ver a Ringo, que sostenía una media verde en su mano.
–¿Qué pasa con esa media?
–¿Qué pasa? ¡Que es mía!
Lanzaron una carcajada, a la vez que agarraban la media y la olían y la arrojaban al otro extremo de la habitación.
–¿Cuál de las dos habrá sido?
–No me importa cuál de las dos fue, lo que me importa es que se metieron en mi habitación,  abrieron mi cajón, y quién sabe cuántas cosas más.
–De John no hay nada tan íntimo. Lo siento, Chloe no te quiere. –Paul le sacó la lengua.
–Callate idiota. Salgamos de acá, si llegan y nos ven pelados, con un vidrio roto y metidos en su colección personal de cosas, nos desollarán.
–No tan rápido. –George levantó una mano, con la que sostenía papeles.
–¿Qué es eso?
–Es lo que quiero saber. Pero miren, son de un banco.
–¿Papeles de un banco? A lo mejor son de un banco de ellas, y no tiene nada que ver con su colección.
–Sólo dicen cosas  que no entiendo y hay muchos números, y…–George calló, se tapó la boca.
–¿Qué? –dijo Ringo.
–Son papeles del banco donde teníamos el dinero que nos robaron.
–Qué casualidad, tienen nuestro mismo banco.
–No es ninguna casualidad, está el nombre de Brian aquí. –señaló.
Se miraron, desparramaron los papeles con desesperación, efectivamente, eran todos papeles del mismo banco. Arreglado y pegado con prolijidad, Ringo encontró una hoja con sus firmas. Parecía haberse roto al medio y tenía signos de maltrato.
–Son nuestras firmas, cuando depositamos el dinero. Estos papeles estaban junto con el dinero, el gerente del banco dijo que habían robado todo, con documentos incluidos.
–Entonces…de alguna forma los consiguieron…
–Paul, ¿dos princesas van a ser amigas de ladrones de bancos?
–Pues…no. A menos que no sean princesas. Y a menos que ellas mismas sean las ladronas.






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El que no se rascó la cabeza leyendo esto, es porque no tiene sensibilidad.
¿Cómo están? Después de un tiempo volví, como ven, las cosas se están complicando un poquito, espero volver pronto para mostrales cómo sigue esto.
Gracias por leer!





lunes, 20 de julio de 2015

Revolver - Capitulo 6 "Acuerdo de convivencia"



Jamás pensó que presenciaría aquella espantosa visión. Ella, que siempre había logrado huir, no podía creer lo que estaba ocurriendo frente a su casa. La taza de café recién hecho se resbaló de sus manos antes que pudiera gritar lo que nunca debía ser nombrado:
–Po…po…po…¡POLICÍA!
Chloe corrió lo más rápido que pudo por las escaleras, o lo más rápido que le permitieron sus pantuflas de perrito. Terminó arrojándolas por la escalera y entró a la habitación de Zettie, que dormía su profundo sueño de 14 horas.
–¡ZETTIE!
Le dio una sacudida y de inmediato abrió el armario de la chica y comenzó a sacar su ropa y arrojarla sobre la cama. Del fondo sacó una maleta.
–¿Qué te pasa? –dijo Zettie, saliendo de debajo de la montaña de ropa, aún con los ojos pegados.
–¡La policía!
–Ajá, la policía usa uniformes azules y anda en coches viejos  y destartalados. ¿Qué hay con ella?
–¡Están acá!
Palideció y de un salto salió de la cama.
–Guardá acá lo que necesites, y agarrá el dinero. ¡Rápido!
–Pero…¿para qué?
–Te vas a ir. Yo me quedo.
–¡No, no puedo dejarte! ¡No me voy sin vos!
–Ay dejá la telenovela para otro momento. Hay que salvar el dinero, andate. Después hacés un plan y me sacás de la cárcel, hoy los túneles se hacen rápido.  ¿Estamos de acuerdo?
Se oyeron golpes en la puerta, Dolores se asomó.
–Está la policía, ¿qué les digo?
–Ya voy. Dolores, digan lo que digan, no les creas.
La chica la miró desconcertada y se fue.
–Chloe…
–Shh. Andate.
Salió siguiendo a Dolores, esperando ver en su sala a unos cuantos policías con una orden de arresto en las manos. De pronto recordó que Zettie no sabía conducir, y que tampoco era rápida corriendo y más con una maleta encima, y peor, no se había puesto las gafas. Conclusión: la atraparían. Conclusión de la conclusión: estaban perdidas.
Sin embargo, se encontró con un hombre alto, de traje y aspecto serio, flanqueado por dos policías que miraban todo con aire más de curiosidad que de investigación criminal.
–¿Señorita Read? –dijo el hombre alto–Disculpe que la molestemos a esta hora. Soy el Inspector Connor.
Levantó una ceja antes de saludarlo. ¿Un policía, pidiendo disculpas?
–Mucho gusto, ¿en qué puedo ayudarlo?
–Verá…quisiera hablar con usted a solas.
–Claro. Dolores, retirate. Siéntese, inspector. –Chloe señaló los sillones de la sala, y para su sorpresa, Connor ordenó a los policías que se retiraran. Todo era demasiado raro.
–Hay un asunto delicado que me gustaría charlar con usted. Es…complicado.
Chloe se estaba cansando con tanta vuelta. Ningún policía tardaba tanto en decir “¡Queda arrestada!” más que nada porque sabía que a los policías les daba placer decir eso. El dichoso inspector ya la estaba sacando de quicio, le daba ganas de mostrarle las muñecas para que la esposara y la metiera en la prisión más cercana con tal de no seguir viendo su cara de circunstancia.
–¿Conoce usted a los Beatles?
Y tanto, pensó. ¿Cuánto faltaba para que dijera “les robaron y ustedes son las culpables”?
–Necesito su ayuda para protegerlos.
La taza se le hubiera caído de las manos de haber tenido una. ¿Qué barbaridad estaba escuchando?
–Sé que es sorprendente, sí. –continuó Connor, al ver su cara–Pero debe halagarla que la busque para proteger  a la banda más famosa.
–Espere…no estoy entendiendo.
–Paso a explicarle. La banda está amenazada de muerte por un grupo terrorista. Es algo grave, los han seguido, saben dónde viven, han hecho llamadas. Ya sabemos que no es una simple broma de alguien aburrido. Sabemos que es gente que cumple con sus amenazas.
Nunca en su vida hizo tanta fuerza para no estallar en carcajadas. No podía creer que la policía se hubiera tragado semejante cuento. Pero si bien la policía le estaba demostrando cuán idiota era, no lo seria tanto como para no darse cuenta que ella estaba conteniendo la risa. Así que se tapó la cara  y haciendo gala de sus dotes actorales, simuló un llantito.
–Yo…yo no sabía eso, qué horror. ¿Cómo puede haber gente tan mala?
–La hay, señorita Read, el mundo está cada vez menos habitable. Comprendo su consternación, seguramente usted es fanática de ellos y saber esto…Pero por eso acudo a ustedes. Conocí a su hermana en una fiesta, ya sé que son educadas, están alejadas de la fama y el escándalo, por lo tanto no los perjudicarán. Ustedes podrían protegerlos.
–¿Está seguro? –otra vez trataba de calmar su risa.
–Más que seguro. Creo suponer que ustedes tienen la mejor seguridad, al fin y al cabo, son hijas de la reina. La banda debería quedarse aislada por un tiempo, hasta que las amenazas pasen. Si se van del país, estos terroristas los encontrarán y los Beatles estarán más desprotegidos contra ellos. Pero si se quedan en Londres, en un lugar que nadie conozca, los terroristas se despistarán. Repito, ustedes tienen la mejor seguridad, ¿no es así?
Chloe iba decirle que no, que dos ladronas no precisan seguridad, salvo que algún otro ladrón quiera cien años de perdón. Pero por lo que estaba entendiendo, Connor estaba muy interesado en saber eso.
–Sí, tenemos la mejor seguridad del país. Ahora no los ve porque son muy discretos, pero están siempre atentos.
–Entonces, ¿podría contar con usted? Por favor, es lo único que se me ocurrió, otra opción seria ocultarlos en el mismísimo palacio, pero sería muy obvio, además ya lo hicieron en esa película de porquería.
Chloe lo miró con desprecio, en su presencia nadie podía llamar “película de porquería” a Help.
–Bueno…lo ayudaré.
–¿De verdad? ¡Gracias, gracias, gracias!
Connor había estado tan desesperado que escuchar que Chloe aceptaba lo hizo ponerse de rodillas y besarle una mano. Otra vez tuvo que contener la risa, un policía a sus pies…De pronto, escuchó un estrépito de vidrios rotos.
–Ay, Zettie…




 ************



Brian suspiró aliviado. Al fin una buena noticia, una solución a parte de sus problemas. Connor parecía feliz contándole las bondades del hogar de las princesas, con su gran sala, su gran parque, su gran piscina, su gran seguridad, y sobre todo, su gran predisposición. Todos estarían encantados de pasar una temporada en ese lugar.
–Ya mismo les avisaré que preparen todo, quiero que se muden allí lo antes posible, el peligro es mucho y no me gusta que todavía estén a la vista de todos. Mandaré a la prensa una nota en la que diga que se tomaron vacaciones por separado.
Levantó el auricular y marcó el número de John, sería el más difícil de convencer.

 *******************

Zettie trataba, en vano, de tomar aire. Estaba pálida, roja, violeta, y algo verde. Chloe trataba, también en vano, de reanimarla hasta que al fin le lanzó una jarra de agua helada y la chica por lo menos dejó de agarrarse la garganta en su afán de respirar.
–¿Q…q…?
–¡Lo que escuchaste!
–Es que…AAAAAYYYYY ¡VIVIRÁN CON NOSOTRAS!
De la emoción le dio una patada a la bolsa llena de billetes con la que había roto el vidrio del ático.
–¿Y sabés? Un policía se arrodilló ante mí.
–¡Sos una campeona! No puedo creer que este plan nos saliera tan bien.
–El dios de los delincuentes nos está ayudando.
–¿Y cuándo vienen?
–Lo antes posible, o eso me dijo. Ya mandé a Dolores a que prepare las habitaciones. Obviamente, la de John estará al lado de la mía.
–No quiero degeneramientos en mi casa.
–Maldita monja, si vos vas a instalar la de Ringo no al lado, sino en tu propia habitación. Pero a ver, hablando en serio, tenemos que contenernos. Supuestamente somos princesas y toda esa estupidez, y debemos comportarnos o sospecharán.


 ******************

John había aceptado de muy mala gana. Su idea de vacaciones era una playa con mucho sol y calor y no una casa en el Londres nublado de siempre. Paul, por el contrario, estaba encantado: el aislamiento le vendría bien para componer, al igual que George, que quería aprovechar para meditar. Ringo coincidía con John: se aburrirían muchísimo.
Al fin Brian dejó de darles instrucciones y los metió en el auto. Por detrás los seguiría un camión con todo el equipaje que creían necesario, como ropa, discos, bebidas de todo tipo, libros, un sitar, una batería, cinco guitarras, un piano, y…un caballo. Bueno, el caballo no iba en el camión, sino en un tráiler especial, y la ocurrencia había sido de Paul, que insistía en aprender equitación. Los demás lo llamaban Príncipe Carlos: cada vez que subía a un caballo, se caía. Brian los reprendió, en la casa no debían mencionar esa broma porque quién sabe cómo reaccionarían las anfitrionas.
Una escolta policial les abrió camino hasta la casa.
–¡Policía!
Zettie corrió a cargar su arma  y se apostó en una de las ventanas del comedor, dispuesta a empezar la guerra. Chloe salió de ducharse, sin entender nada.
–¿Pero qué hacés? ¡Son ellos!
–¿Quiénes son ellos?
–¡Ellos, los Beatles! ¿No ves que ese tipo es el jefe de la policía? ¡Prometió que me avisaría cuándo vendrían!
–Pero…¿avisó?
–¡Claro que no, sino no estaría así! –se secó el cabello con una toalla–¡Me veo horrible! Las primeras impresiones son las que valen ¡y John me verá así!
–¿Entonces guardo el arma? ¿Segura que no vienen arrestarnos? ¡Mirá si fue una trampa!
–Guardala. ¡Y ayudame!
Zettie la peinó con toda la desprolijidad del mundo mientras también se quejaba de su aspecto. Escucharon que el mayordomo estaba atendiendo a los “invitados” y se sintieron peor.
–Ya fue, empiezo a los tiros. Antes muerta a que Ringo me vea así.
–¡Guardá eso! Salgamos, ya no podemos hacer nada.
Zettie guardó la pistola en el botiquín del baño y salió junto a Chloe a la sala. Hubieran querido recibirlos con sus mejores vestidos y peinados, y no con jeans raídos, camisetas desteñidas y zapatillas embarradas. Cuando los vieron, la presión se les subió. Allí estaban los cuatro, en su sala, en su casa.
–¿Dónde están las princesas? –inquirió Brian.
–¿Cómo “dónde están”? Somos nosotras.
Brian miró a Connor, a los chicos, luego a las chicas, y luego volvió a Connor.
–¿Son ellas? –preguntó incrédulo.
–Ehh…sí.
–¡Pensé que eran dos ancianas! Son…son…¡son demasiado jóvenes!
–¿Y con eso qué, viejuco? –Zettie le dio un golpecito a Chloe, esas no eran maneras de una princesa.
–Señor Epstein, si son hijas de la Reina no pueden ser ancianas...–Connor sonrió incómodo.
–Es verdad. ¿Cómo pude pensar que…? En fin, al diablo con esto, ustedes quédense –miró a los cuatro con severidad–Y ahora, más que nunca, cuidado con lo que hacen.


 ***************

Más que ofendido, Brian se fue avergonzado. No sabía porqué había pensado que esas dos fueran ancianas. Siendo jóvenes aquello era un problema y si lo hubiera sabido antes jamás habría aceptado la solución de Connor. Hubiera preferido mandar a los Beatles a la Antártida si era necesario, pero ahora estarían en una casa con dos chicas demasiado jóvenes que por muy princesas que fueran tenían sangre de degenerados y quién sabe qué les harían a sus chicos. O ellos a ellas.



 ************

–¿Y bien? –Connor intentaba ser al animador del momento, aún cuando todos habían quedado un poco raros después de que Brian se fuera–¿No van a saludarse?
–Oiga no somos niños de primaria para que nos obligue a presentarnos. –dijo John–Pero bien, soy John y todo eso.
–Ya lo sé. –Chloe sonrió.
–Uff…ésta tiene cara de loca. –susurró George en el oído de John. Éste la miró con miedo, su amigo parecía tener razón, esa chica no le sacaba los ojos de encima.
–Y vos sos Paul, vos George y…Ringo. –dijo Zettie en un suspiro–Ya sabemos quiénes son, no hacen falta presentaciones. Y ella es Chloe Read y yo Zettie Foster.
–Bienvenidos a nuestro hogar.
–Gracias, será un gusto para nosotros estar aquí. –Paul parecía el único que no las miraba como si fueran dos psicóticas.
–Uyy, Paul te mira mucho, Foster.
–A vos te mirará, si a mi no me gusta. Ejem –Zettie les sonrió a todos–si quieren los acompañamos a sus habitaciones y damos un recorrido por la casa, ¿les parece?
–¡Qué buena idea, señorita Foster! –dijo Connor, y amagó con sumarse, pero Chloe lo miró significativamente y Connor dio un paso atrás. Le encantaba saber el poder que tenía sobre un policía.
–Bien, yo ya me voy. –dijo Connor, algo nervioso–Muchachos, ya tienen mi número de teléfono por si necesitan algo.
–Lo llamaré esta misma noche –susurró John–cuando alguna de estas dos intente matarme…



 ****************


–¿Y esto qué es?
Chloe rodó los ojos. Llevaba cuarenta minutos “paseando” con Ringo y ya le parecía un insoportable. Era la quincuagésima vez que le hacía la misma pregunta.
–Un estúpido baño. –abrió la puerta y encendió la luz.
–Faaa…¿cuántos baños tienen?
–Yo qué sé, nunca se me ocurrió contarlos. Bueno, sigamos.
–Ehh…no, me dieron ganas…
–¿De qué?
–Ya sabés, de ir al baño.
–Ay bueno, entrá y usalo. –cerró la puerta de un golpe y vio que Zettie se acercaba sonriendo.
–Apartate, quiero espiarlo.
–No me aparto nada. Tu muy querido ya me tiene harta. Ve un mueble y dice “¿Y esto qué es?”; una puerta, “¿Y esto qué es?”; un adorno “¿Y esto qué es?”. Es un tarado.
–Momento, a mi novio no le decís tarado. Debe ser curioso nada más, qué tierno.
La puerta se abrió y ambas vieron que Ringo estaba bastante pálido.
–¿Estás bien? –preguntó Zettie.
–Ehh…no sé…Hay algo que no sé lo que es.
Chloe bufó y entró al baño como si entrara a matar infieles.
–¿Qué es lo que no sabés?
–Esto.
Miró hacia donde señalaba: la pistola en el botiquín.
–Zettie…
–Puedo explicarlo. –hizo su sonrisa más inocente, que sin embargo no conmovió a ninguno de los dos–Es que…Ay, es muy triste esto. Una vez alguien intentó atacarme.
Chloe sonrió, ya sabía para qué lado iría Zettie: la lástima más penosa.
–Fue cuando ella era pequeña, ahora no, no te preocupes. La quisieron matar sus parientes.
–¿Los nobles?
–Ah no, no, los Foster. Son unos animales. –dijo Zettie. Por primera vez no mentía, su familia era así.
–Qué lamentable…
–Desde ese día guardo armas por todas partes, para defenderme.
–Sí, quedó traumada, pobrecita.
–Pero tener armas es peligroso…
–Ah no, para nada. –Chloe tomó el arma–Siempre están descargadas.–abrió el cargador, estaba lleno y miró a Zettie.
–Pero ahí hay bal…
–Están descargadas Ringo, no se habla más. –cerró el botiquín y se calzó la pistola en la cintura.
–Una cosa –Zettie se paró delante de Ringo, tratando de intimidarlo aunque no le salía–¿qué se supone que hacías mirando el botiquín?
–Eso es cierto, ¿qué hacías?
–Es que…me gusta mirar lo que tiene la gente. Ya saben, a muchos les pasa, entran a un baño y miran qué hay.
–Que sea la última vez.
–Está bien, está bien…¿cómo era tu nombre?
–Chloe.
–Está bien, Chloe.  Perdón a las dos.
Ringo salió del baño lo más rápido que pudo y se encerró en su habitación.





 *******************


–¿Qué mierda hace un caballo en mi jardín?
Como una descarga eléctrica, Zettie bajó y se llevó por delante al jardinero.
–Señorita, ese caballo está comiendo las flores que planté recién…
–Ya lo vi, Jaime, no se preocupe. ¿De quién es esa bestia? ¡Ehhh! ¡Fuera! –comenzó a gritar, ya en el jardín. El caballo ni la miró, Paul se acercó indignado.
–¿Llamaste bestia a Tofu? ¡Es mi caballo, no una bestia!
–Es una bestia, igual que su dueño. ¡Y dirigite a mí con respeto!
–Perdón, alteza. –Paul bajó los ojos, se veía tierno pero Zettie trató de no conmoverse.
–¿Quién te dio permiso para traer un caballo?
–Nadie.
–¿Cómo dijiste?
–Nadie, alteza.
–Norteño descarado, siempre ignorantes con poca educación.
–Si mal no recuerdo, su padre también es norteño, o eso me contaron…
–¿Me estás discutiendo?
–Ey, ¿qué pasa acá? –Chloe salió al jardín al escuchar los gritos–Ay,    qué lindo caballito.
–No, esa bestia se va.
–¡Se llama Tofu!
–Por mí que se llame Napoleón Bonaparte, se va.
–¿Por qué? Zettie, es lindo, a mi me gusta.
–Se está comiendo mis flores.
–No las plantaste vos.
–¡Pero las compré!
–Ay vamos Zettie, las compraste con el dinero que rob…digo, que nos obsequió nuestra madre. Quiero que se quede, son dos votos contra uno.
–Los plebeyos no tienen derecho a votar.
Pero no la escucharon, porque Paul ya se había subido a Tofu y Chloe se estaba riendo porque ya se había caído.



 *****************


–Esto no va a funcionar. –Zettie trataba de sacarle crema a un frasco–¡Pero qué crema de mierda!
–Te dije que lo rompas.
–No me refería a esta porquería, me refería a ellos. Ringo encontró la pistola, George se pasó el día encerrado tocando ese instrumento enloquecedor, y encima lo toca mal.
–Está aprendiendo.
–John lo único que hizo fue mirar televisión, el mánager llamó quince veces, y ese caballo maldito…
–Reconocé que te pegaste una buena carcajada cuando se cayó, parece el Príncipe Carlos.
–Sí, pero…
–Será hasta que se acostumbren, no todos los días cuatro hombres tienen la suerte de que los metan casi por la fuerza en una casa con dos bellas mujeres.
–Hablo en serio.
–Y yo también.
–¿Cómo los vamos a mantener?
–Ey, eso es una buena pregunta. El infeliz del inspector no me habló de ninguna cuota alimentaria.
–Supongo que no vamos a mantenerlos con el dinero que les robamos, ¿no?
–La idea era usar ese dinero para conquistarlos.
-Sí, pero queremos conquistar a dos, no darles de comer a cuatro.
–Y bueno, ¿qué querés? ¿Qué mate a los otros dos que nos sobran?
–No, que ellos se mantengan. Tienen dinero, pueden hacerlo.
–Es verdad, no vamos a andar manteniendo vagos. Mañana mismo hablaremos sobre eso.



 ********************


Eran las cuatro de la mañana y la casa dormía un sereno sueño de paz. Hasta que algo cortó esa paz. Un estruendo de batería.
–¿Pero qué mierda…? –gritó Chloe sobresaltada, saliendo de la cama. Se encontró a Zettie en el pasillo, tan extrañada como ella–Tu novio me despertó, porque no creo que sea otro más que él.
Un ruido de piano siendo apaleado y gritos también se escucharon. Zettie sonrió.
–Tu novio creo que también está.
Ambas corrieron al segundo piso de la mansión, donde la tarde anterior habían amontonado los instrumentos. En el piano, John cantaba o más bien aullaba, mientras reía con Ringo que parecía que más que tocar, le daba trompadas y patadas a la batería. Ambos parecían haberse esnifado hasta el polvo de los muebles.
–Hola. –Paul apareció por detrás de ellas, que lanzaron un grito de puro susto.
–¿Me podés explicar qué es todo esto, plebeyo?
–Es que a la madrugada nos inspiramos. A esta hora siempre estamos en el estudio.
–¡Pero esto no es un estudio! –gritó Chloe–Ey vos, el de las gafitas: dejá de gritar.
–Estás haciendo callar a John Lennon en plena composición.
–Sí, ¿y qué?
–¿Qué? ¡Que soy John Lennon!
–¡Y yo soy la hija de la reina y si quiero te mando a la guillotina!
Otra vez el silencio volvió por unos instantes.
–Sos una chica ruda, eh.
–Por supuesto. Ahora dejen dormir. Mañana en el desayuno habrá asamblea general, hablaremos de las reglas de la casa.
–Chloe, ¿asamblea?
–Cierto, asamblea suena demasiado democrático. Será un comunicado oficial.




 *******************


A la mañana siguiente, todos se veían muy somnolientos y esperaban a que Dolores les sirviera. Cuando la muchacha acercó la jarra con café a la taza de George, Zettie la frenó.
–No Dolores, antes de darles comida, hablaremos.
–¡Pero tengo hambre!
–Objeción denegada, plebeyo Harrison. Si no pagan, no comen.
–¿Pero qué…?
Dolores les sirvió a ellas los suculentos desayunos que cada mañana les preparaba. Frente a esos platos, cada beatle se sintió desfallecer.
–No entiendo nada.
–Ajá Lennon. Quizás no entendés porque te dura la resaca de anoche. Sobre eso hablaremos también. Esta casa tiene reglas y son las siguientes:–sacó una papel del bolsillo de su pijama y leyó.

Acuerdo de convivencia de la maison Foster–Read

Regla N°1: Nada de ruidos por la noche.
Regla N°2: Prohibido el uso del teléfono.
Regla N°3: Ningún caballo comerá flores.
Regla N°4: Nadie revisará botiquines, cajas, cajones, cuartos, etc.
Regla N°5: Prohibido el uso de sitar si no se sabe tocar BIEN.
Regla N°6: Cada uno pagará su comida y alojamiento.
–Quiero agregar una…
–Zettie, lo de esclavos sexuales dijimos que no.
–Qué lástima…
–¿Pero qué es todo esto? ¡Parece un puto internado! –gritó John.
–Regla N°7: Nadie insultará, salvo las princesas.
–Oigan no nos pueden poner reglas, no somos niños. –dijo George.
–Regla N°8: Nadie protestará contra las reglas.
–¡No nos pueden hacer esto, somos The Beatles! –exclamó Paul.
–Regla N°9: Nadie se creerá superior a sus majestades. Vamos, una más y completamos diez.
–Es injusto –se quejó Ringo–lo de revisar botiquines es una compulsión que sufro, no lo puedo evitar.
–Regla N° 10: Nadie alegará enfermedades para evadir las reglas.
–Regla N°11: Las princesas están con la regla.
Todos miraron  a John, espantados. Aquello había sido demasiado y él lo supo enseguida. Sin embargo, se reía al ver las caras de todos.
–Cabrón, acertaste.
Zettie se puso de pie  y se fue llorando. Paul los miró a todos e intentó comenzar una conversación pacifica pese a los gritos de Chloe llamando a Zettie.
–Todo esto es muy raro –dijo al fin–Y tampoco entiendo las reglas.
–Y claro, si a vos no te viene. –dijio John y Ringo rió ante la contestación, pero de inmediato se puso serio–Está bien, perdón, no volveré  a decir nada sobre eso.
–No veo qué no entienden, son claras. No ruidos, no quejas, no caballos sueltos por ahí…
–Pero el teléfono…debemos usarlo, Brian nos llama y Connor dijo que lo llamáramos si había inconvenientes.
–Pero no hay inconvenientes, ¿para qué van a llamarlo? Hasta ahora no pasó nada que los asustara como para llamar a un policía.
–Sí, yo vi un arma. –dijo Ringo.
–Porque miraste donde no debías mirar. No volverá a suceder si cumplís la Regla N° 4. Y lo de los teléfonos es para que no nos llegue una cuenta larguísima luego de que llamen a cada una de todas sus novias.
–Escuchame, ricura. –John apoyó su cabeza en su mano y la miró fijo–esto lo hacés para que no hable con otra que no sea vos, ¿no?
Chloe sintió cómo se derretía por dentro. ¿Acaso le estaba gustando a John o él se lo hacía de puro maldito? Por suerte Zettie regresó de su mini depresión e interrumpió todo antes de que fuera más evidente lo que le pasaba con John.
–¿En qué estábamos? –Zettie volvió a sentarse a la mesa, y ante los ojos de George paseó una tostada llena de mermelada y se la comió.
–¡Ey, yo quiero comer! –se quejó–¡Y también quiero tocar el sitar!
–Y yo quiero ser astronauta y sin embargo no molesto. ¿Me alcanzás otra tostada?
George bufó y sólo se tapó la cara con las manos, sin obedecerle a Zettie.
–Está bien, tocaré el sitar pero sin hacer mucho bullicio y a horas razonables.
–¡Bien! Al fin alguien que cede, ¿ven como podemos entendernos? –festejó Chloe.
-No entiendo lo del dinero.
–Era lógico que el que iba a preguntar sobre dinero sería Paul. Já, pequeño avaro. Es muy fácil de entender: no los vamos a mantener. Paguen una mensualidad y tendrán cama y comida.
–Es que…no podemos.
–Cierto que son pobres desde que les robaron el dinero del banco…–Zettie sonrió.
–Eso fue catastrófico, sí. Un momento, ¿cómo saben de ese robo si no salió en ningún periódico?
–Es que…A ver, Paul, tenemos contactos, no somos un par de mujeres de clase media. Siempre nos enteramos de todo.
–Ahh…bueno, eso fue catastrófico, pero al dinero terminamos recuperándolo.
–Tenemos más todavía, ¿no es genial? –agregó Ringo.
Chloe y Zettie se miraron. Ni bien terminaran de desayunar, averiguarían en qué banco estaba ese dinero.
–El tema es que no podemos usar ese dinero. –continuó Paul–Usarlo sería hacer movimientos en las cuentas del banco, algo que cualquier terrorista infiltrado entre los empleados podría saber. Y si saben que ese dinero sale y se usa para gastos en Londres, será muy fácil para ellos ubicarnos. No creerán que nos fuimos de vacaciones.
Otra vez, Chloe y Zettie se miraron. No habían pensado eso y de nada serviría decirles que los “terroristas” no se enterarían. Estaban algo paranoicos y no lograrían convencerlos. Tendrían que mantenerlos o echarlos de la casa, algo que ni locas harían. Había que echar mano al dinero robado. Hasta donde alcanzara.





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Cuarenta años después, volví! Perdón por la tardanza, tengo que estudiar y tampoco tenía inspiración, así que para enmendar mi error, les dejé un capitulo largo. Espero que les haya gustado, yo me reí mucho pero a lo mejor es porque lo escribí drogada jajaja. Como acá (con acá me refiero a Argentina) hoy es el día del amigo, les deseo feliz día a todos, y a sus amigos también.
Y ahora me voy, hasta el próximo capitulo!



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